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Dawkins, Dudosos, y Libertinaje

Por Scott Oliphint

Resumen del incidente: Rebecca Watson, “Skepchick”, tras hablar en una conferencia en Dublín, fue invitada por un hombre, a las cuatro de la mañana en un ascensor, a tomar el café en su habitación del hotel. La señorita Watson dio por supuesto que el hombre no la invitaba a tomar café, sino que la invitaba a “tomar café”. Pueden encontrar una explicación más amplia, en inglés, aquí.

Richard Dawkins, quien podría decirse que es el dios (no existente) de todas las cosas ateas, se ha encontrado a sí mismo en el lado malo de un bate de béisbol verbal. La historia misma salpica tanta ironía que es imposible no mojarse mientras lo lees. Para resumirlo: en una conferencia de escépticos, una de las líderes “dudosas” se vio con una proposición deshonesta en un ascensor a las 4 a.m. Como es nuestra costumbre (pos)moderna, lo primero que uno hace cuando tamaño trauma ocurre es escribir en el blog sobre ello.

El blog, sin embargo, no se topó con simpatía universal. Particularmente, no consiguió cosechar la empatía emocional de Dawkins. En un comentario en el incidente de la “Escéptica Libertina”, Dawkins usó la queja del blog de la Escéptica Suprema para intentar una diatriba taxonómica de tragedias mundiales. Dada la mutilación de las mujeres musulmanas, comentó Dawkins, una simple proposición deshonesta en un ascensor a las 4 de la mañana parece una queja relativamente insignificante y leve.

Pero Dawkins mordió más escepticismo con tales comentarios de lo que su estómago ateo podía digerir. Hasta después de una disculpa seguida de una disculpa a los escépticos, Dawkins estaba mal preparado para la ira que el régimen racionalista dejó caer sobre él. La virulencia no tuvo cuartel, y Dawkins vio su propia condición de dios en serias dudas. Simplemente no podía entender cómo su priorización de las malas acciones pudo haber causado tanta consternación cáustica.  Particularmente interesante para mí fue el comentario que concluyó el artículo sobre la discusión de los Escépticos vs. Dawkins: “Esto son los escépticos”, dijo una escritora, “Racionales sobre todo excepto sobre ellos mismos, la auto-preservación, y los modales”.

Estos escépticos se enorgullecen sobre su dedicación a la racionalidad y al razonamiento basado en evidencia. Sin embargo, lo que debería ser perfectamente claro en este escándalo es que “ser racional” es insuficiente para tratar con cosas como ofensas personales, preservación humana, y cualquier afirmación o creencia con un “deberías” implícito. Para ser más específico, “ser racional” no provee ninguna ayuda o información a alguien que ha recibido una proposición deshonesta en un ascensor. La mujer a la que le pasó esto, y quien, en su blog, se llama a sí misma “Skepchick”, dio por sentado que la mera mención de su difícil situación en el blog haría que las tropas racionalistas se congregaran con respuestas apropiadas y racionalistas. Pero Dawkins se atrevió a comparar el susto de Skepchick con la mutilación musulmana e implicar después una ecuación (arbitraria) de equivalencia moral. Lo que Dawkins descubrió fue que tal ecuación no puede calcularse por Skepchick y sus partidarios. ¿Cómo puede ser, podríamos preguntar, que tantos comprometidos a nada más que a ser racionales y a las evidencias se puedan encontrar en medio de tanta confusión?

Este puede ser un buen lugar para presentar una táctica apologética que a veces es útil. El uso de los argumentos así llamados ad hominem (literalmente, “al hombre”) son generalmente considerados falaces. No está en duda que tales argumentos pueden ser falaces, pero tampoco se pone en duda que las falacias lógicas no son falacias en todos los casos. Un argumento ad hominem, cuando se usa en una manera falaz, es un ataque al carácter de una persona más que una respuesta al argumento de tal persona. Es, resumidamente, asesinato del carácter. En una atmósfera política cargada como la estamos aguantando ahora mismo en los Estados Unidos, tales argumentos abundan.

Un argumento ad hominem que no es falaz es aquel en el cual la posición de una persona está puesta en duda basado en lo que dicha persona afirma. Es un argumento ad hominem porque apunta a las creencias del contendiente; busca cuestionar la consistencia de lo que uno cree, arguye, o mantiene, en vista de las otras creencias o argumentos que afirma sostener.

Así, podríamos preguntar, ¿qué es lo que, en la respuesta de Dawkins, ha violado la base racional o de evidencia de los escépticos? Dawkins quiso defender que la mutilación musulmana de las mujeres tiene un nivel de maldad con la cual una invitación a un café en un ascensor a las 4 a.m. puede difícilmente ser comparado. ¿Es este un argumento irracional? Si lo es, entonces Skepchick puede que haya provisto la ley de razonamiento que Dawkins ha violado. ¿Viola esto un compromiso al evidencialismo? Si es así, entonces hubiera sido muy conveniente dejar claro cómo estos principios de la evidencia han sido infringidos en el argumento de Dawkins.

Por supuesto, la verdad es que la verdad transciende lo racional y lo evidencial. Hay algo funcionando en el argumento de Dawkins y en la respuesta de Skepchick que va más allá de sus compromisos básicos. Skepchick (más bien inconscientemente) se dio también cuenta de esto y así, de manera predecible, atribuyó la insensibilidad de Dawkins a aquellas cosas que están más allá de su control, y que, al menos según ella, motivan todo lo que él dice y hace; localizó el carácter obtuso de la conversación en el sexo, raza y edad de Dawkins. La interrogación ad hominem que hay que hacerle aquí es qué hay sobre el sexo, la raza y la edad que viola la racionalidad o el razonamiento evidencial.

Ninguna respuesta legítima puede salir de tal pregunta porque ninguna lo es. Uno buscaría la plétora de los libros de texto de filosofía en vano si lo que se desea es el descubrimiento de una ley racional que vindicaría a Skepchick y a sus seguidores. Ella tiene que moverse más allá de su propia cosmovisión para presentar su lamento contra Dawkins. Ella estaba, conscientemente o no, dependiendo de principios que no se comportaban con sus supuestas nociones básicas de lo racional y lo evidencial.

Hay, entonces, fuerzas profundas e inviolables que accionan en este debate, fuerzas que van mucho más allá de la racionalidad y la evidencia. Para Dawkins, obviamente hay una escala del mal – lo que se les hace a las mujeres musulmanas está mucho más mal de lo que se le hizo a Skepchick. Para Skepchick, hay un código de moralidad que tiene que ser tomado con toda seriedad cuando es ella la víctima. Así, tal como dice el artículo, no parece haber un compromiso racional o evidencial común entre Dawkins y Skepchick a la hora de hablar de sus vidas personales, de la manera en la que deberían accionar, y qué es lo que constituye un comportamiento aceptable entre las personas.

Esto es inevitable. Como hemos visto en los artículos anteriores, cualquiera que decide basar su vida en otra cosa que no sea la Señoría de Cristo, y todo lo que su Señoría conlleva, descubrirá que cualquier base que cree que le mantiene está, en realidad, aunque sea a veces lenta e imperceptiblemente, haciéndose pedazos debajo suyo. He aquí el argumento ad hominem. El supuesto fundamento básico que han elegido no puede aguantar el peso de la vida real en el mundo de Dios, como criaturas de Dios. Es completamente impotente y así no puede empezar a conseguir el trabajo que le ha sido asignado.

El artículo es útil en que deja descubierto, en una manera tangible de la vida real, qué es lo que quiere decir cuando afirmamos que los ateos (escépticos incluidos) no pueden, en la base de su propia cosmovisión, hacer una juicio correcto sobre temas morales. El argumento de Dawkins puede tener sentido; ciertamente parece ser verdadero que la mutilación de las mujeres es más serio que un hombre le pida a una mujer tomar un café, incluso si la propuesta es a las cuatro de la mañana en un ascensor. Pero para hacer dicha evaluación, tiene que haber también un entendimiento convincente de qué y quiénes somos (esto es, la imagen de Dios), y simplemente por qué y cómo es que  tales cosas constituyen una maldad real y no meramente subjetiva (esto es, porque Dios, como único y último bien, determina qué cosas están mal y cuáles no). Skepchick formalmente estaba en lo correcto al apuntar a los aspectos inalterables e involuntarios del carácter de Dawkins. Pero no era su sexo, raza o edad lo que le motivó en su juicio. Más bien, contrario a sus compromisos reconocidos públicamente, Dawkins puede hacer su priorización del mal porque conoce, en lo hondo, que las personas son más que unas leyes racionales y unos compuestos racionales. Tiene características que transcienden su pensamiento y su constitución; son la imagen de Dios.

Dawkins no lo plantearía de este modo, por supuesto. No podría hacer eso sin un sano compromiso a arrepentirse de todo lo que ha mantenido hasta ahora. Pero es ese arrepentimiento, y sólo esto, lo que puede resolver la tensión entre Dawkins y Skepchick. Es, para no andarse con rodeos, solo en arrepentimiento que les dará tanto a Dawkins como a Skepchick lo que necesitan desesperadamente – una manera convincente y coherente de entenderse “a ellos mismos, la auto-preservación, y los modales”. La solución con la Escéptica Libertina es, como en todos los demás problemas, venir a Cristo, santificarlo como Señor. La verdad, nada podría ser más racional que eso.

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