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Por Qué Creo en Dios – Parte 2

29 de agosto de 2012 Deja un comentario Go to comments

 [Nota: Esta es la segunda parte de Why I Believe in God, un ensayo del Dr. Cornelius Van Til (1895 –1987), al que he dividido en varios trozos. Puede encontrarse la primera parte aquí. Las demás partes serán publicadas en los siguientes días]

Niñez

Para continuar, entonces, puedo recordar, cuando era niño, jugar en una caja de arena construida en una esquina del granero de paja. Desde ahí iba a través del establo hasta la casa. Construido también en el pajar, pero con las puertas estando abiertas hacia el establo, había una cama para el trabajador. ¡Cuánto quería el permiso de dormir ahí durante una noche! Y se me dio finalmente permiso. Freud era aún totalmente desconocido para mí, pero escuché hablar sobre fantasmas y “ancestros de la muerte”. Esa noche oí a las vacas tintineando sus cadenas. Sabía que eran vacas y que hacían mucho tintineo con sus cadenas, pero tras un rato no estaba muy seguro de si eran solo las vacas las que hacían los sonidos que escuché. ¿No había alguien ahí que andaba por el pasillo por detrás de las vacas y se acercaba a mi cama? Ya me habían enseñado a decir mis oraciones de por la tarde. Algunas de las palabras de dicha oración decían algo así como: “Señor, conviérteme, para que sea convertido”. Sin pensar en la paradoja, oré esa oración aquella noche como nunca antes había orado.

No puedo recordar haberles hablado a mi padre o a mi madre sobre mi aflicción. No habrían sido capaces de proveer el remedio moderno. La revista Psychology no les llegaba a casa – ¡ni siquiera The Ladies Home Journal! Aunque sé lo que habrían dicho. ¡Claro que no había fantasmas, y ciertamente no debería tener miedo, pues con cuerpo y alma pertenecía al Salvador que murió por mí en la Cruz y resucitó para que Su pueblo fuera salvo del infierno e ir al cielo! Tenía que orar con seriedad para que el Espíritu Santo me diera un nuevo corazón para que pudiera verdaderamente amar a Dios en vez de al pecado y a mí mismo.

¿Cómo sé que algo de este estilo me habrían dicho? Pues bien, esa era la clase de cosas de las que me hablaban cada cierto tiempo. O, más bien, esa era la clase de cosa que constituía la atmósfera de nuestra vida diaria. La nuestra no era en ningún sentido una familia pietista. No hubo ninguna gran explosión emocional en ninguna ocasión que yo pueda recordar. Había mucho hablar sobre recoger paja en verano y sobre cuidar de las vacas y de las ovejas en invierno, pero en torno a eso lo único que había era una atmósfera de profundo condicionamiento. Aunque no había precipitaciones tropicales de avivamientos, la relativa humedad era siempre muy alta. En cada comida la familia entera estaba presente. Había una oración de finalización así como al comienzo, y un capítulo de la Biblia se leía cada vez. La Biblia se leía desde Génesis hasta Apocalipsis. En el desayuno o en la cena, dependiendo del caso, escucharíamos sobre el Nuevo Testamento, o sobre “Los hijos de Gad, por familias: de Zefón, la familia de los zefonitas; de Hagui, la familia de los haguitas; de Suni, la familia de los sunitas”. No afirmo haber entendido siempre el significado de todo ello. Mas del efecto total no puede haber duda. La Biblia se convirtió para mí, en todas sus partes, en cada sílaba, la misma Palabra de Dios. Aprendí que tenía que creer la historia de las Escrituras, y que la “fe” era un regalo de Dios.  Lo que ocurrió en el pasado, y particularmente lo que ocurrió en el pasado en Palestina, fue de suma importancia para mí. En resumen, fui criado en lo que el Dr. Joad llamaría “parroquialismo temporal y topográfico”. Fui “condicionado” a conciencia. ¡No podía no creer en Dios – en el Dios del cristianismo – en el Dios de la Biblia entera!

Viviendo cerca de la Biblioteca del Congreso, tú no estabas tan restringido. Tus padres eran muy iluminados en su visión religiosa. Te leyeron de alguna Biblia del Mundo en vez de la Biblia de Palestina. No, ciertamente, me corriges, no hicieron tal cosa. No querían atormentarte con temas religiosos en tus tempranos días. Ellos buscaron cultivar la “mente abierta” en su hijo.

¿Habremos de decir entonces que en mi vida temprana yo fui condicionado a creer en Dios, mientras que tú fuiste dejado a desarrollar libremente tus propios juicios según te placía? Pero eso difícilmente es así. Sabes tan bien como yo que cada niño está condicionado por su entorno. Tú fuiste tan a conciencia condicionado a no creer en Dios como yo lo fui a creer en Dios. Así que no nos llamemos nombres el uno al otro. Si tú quieres decir que la creencia fue colada por mi garganta, replicaré diciendo que la incredulidad fue colada por tu garganta. Esto nos deja preparados para nuestro argumento.

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  1. 2 de septiembre de 2012 en 22:29

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