Sin Papeles

25 de septiembre de 2012 Deja un comentario Go to comments

[Nota: Esta es la séptima parte de Why I Believe in God, un ensayo del Dr. Cornelius Van Til(1895 –1987), al que he dividido en varios trozos. Para leer la primera, segunda, tercera, cuarta, quinta, o sexta parte, siga los links. Las demás partes serán publicadas en los siguientes días]

Considera ahora los cuatro puntos que he mencionado – creación, providencia, profecía, y milagro. Todos juntos representan el total del teísmo cristiano. Juntos incluyen lo que está involucrado en la idea de Dios y lo que Él ha hecho a nuestro alrededor y para nosotros. Muchas veces y de muchas maneras la evidencia para todos estos ha sido presentada. Pero siempre tienes una respuesta efectiva a mano. ¡Es imposible! ¡Es imposible! Actúas como el jefe de la oficina de correos que ha recibido un buen montón de cartas escritas en idiomas extranjeros. Dice que los entregará tan pronto como estén escritas respetando el uso y la gramática del inglés tal como aparece en los libros de texto. Hasta entonces tienen que esperar en el departamento de cartas inactivas. La base de todas las objeciones que el filósofo y científico normal levanta contra la evidencia de la existencia de Dios es la afirmación o la presuposición de que aceptar tal evidencia sería violar las reglas de la lógica.

Veo que estás bostezando. Tomémonos un descanso para comer ahora. Porque hay otro punto en esta conexión que tengo que hacer. No cabe lugar a dudas de que alguna vez en tu vida has ido a un dentista. Un dentista perfora a más y más profundidad y en un final llega al nervio del asunto.

Ahora, antes de que perfore en el nervio del asunto, tengo que disculparme de nuevo. El hecho de que tantas personas están expuestas al total de la evidencia de la existencia de Dios y aun así no creen en Él nos desanima mucho. Por esto hemos adoptado medidas desesperadas. Ansiosos por ganar vuestro favor, hemos comprometido de nuevo a nuestro Dios. Habiendo comprobado el hecho de que los hombres no ven, hemos concedido que lo que ellos deberían ver es difícil de ver. En nuestra gran preocupación de ganar hombres hemos permitido que la evidencia para la existencia de Dios sea solo probablemente convincente. Y desde esa fatal confesión hemos ido un paso más abajo hasta el punto de admitir o virtualmente admitir que realmente no es para nada convincente. Y así nos retraemos al testimonio en vez de al argumento. Después de todo, decimos, Dios no se encuentra al final de un argumento; Él se encuentra en nuestros corazones. Así que simplemente testificamos a las personas que una vez estábamos muertos, y ahora vivimos, que una vez estábamos ciegos y ahora vemos, y renunciamos a todo argumento intelectual.

¿Supones que Dios aprueba esta actitud en Sus seguidores? Yo no lo creo. El Dios que declara haber creado todos los hechos y haber puesto su sello sobre ellos no concederá que haya en realidad alguna excusa para aquellos que rehúsan ver. Además, tal procedimiento se derrota a sí mismo. Si alguien en tu ciudad natal, Washington, niega que haya algo así como un Gobierno de los Estados Unidos, ¿lo llevarías hasta el río Potomac y le testificarías ahí que sí lo hay? Igualmente, tu experiencia y tu testimonio de la regeneración no tendrían ningún sentido si no fuera por la verdad objetiva de los hechos objetivos que presupone estas dos cosas. Un testimonio que no es un argumento tampoco es un testimonio, igual que un argumento que no es un testimonio ni siquiera es un argumento.

Veamos ahora lo que el filósofo moderno de la religión, que se apoya sobre el mismo fundamento que el filósofo, hará con nuestro testimonio. Este hace una distinción entre los datos crudos, sin procesar, y su causa, concediéndome los hechos crudos y guardando para él la explicación de la causa. El profesor James H. Lueba, un gran psicólogo de Bryn Mawr, tiene un procedimiento típico. Dice, “La realidad de cualquier dato dado – de una experiencia inmediata en el sentido en el cual el término se usa aquí, puede no ser impugnado: Cuando estoy con calor o con frío, triste o contento, desanimado o confiado, yo estoy con frío, triste, desanimado, etc., y cualquier argumento que pueda proceder a demostrarme que yo no tengo frío es, en la naturaleza del caso, absurdo; una experiencia inmediata no puede ser controvertida; no puede ser errónea”. Todo esto parece ser muy esperanzador en la superficie. El inmigrante tiene esperanza de tener una llegada rápida y sin problemas. Sin embargo, aún tiene que pasar la isla Ellis. “Pero si los datos crudos de la experiencia no están sujetos al criticismo, las causas atribuidas a ella sí lo son. Si digo que el estar con frío se debe a una ventana abierta, o que mi estado de exultación es debido a una droga, o que mi coraje renovado se debe a Dios, mi afirmación va más allá de mi experiencia inmediata; le he atribuido una causa, y esa causa puede ser la correcta o la errónea” (God Or Man, Nueva York, 1933, p.243). Y así el inmigrante tiene que esperar en la isla Ellis un millón de años. Esto quiere decir que yo, como creyente en Dios por medio de Cristo, atribuyo que he sido nacido de nuevo por medio del Espíritu Santo. El psicólogo dice que eso es dato crudo de la experiencia y como tal es indisputable. “Nosotros, dice él, no lo negamos. Pero no significa nada para nosotros. Si quieres que signifique algo para nosotros debes atribuir una causa a tu experiencia. Después examinaremos la causa. ¿Ha sido tu experiencia causada por el opio o por Dios? Tú dices que por Dios. Pues bien, eso es imposible porque los filósofos han demostrado que el creer en Dios es lógicamente contradictorio. Puedes volver en cualquier momento en cuanto hayas cambiado tu opinión sobre la causa de tu regeneración. Estaremos contentos de tenerte y te aceptaremos como un ciudadano de nuestro mundo, si tan solo te sacas los papeles de naturalización”.

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