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Leopardos, Etíopes, Agnósticos y Ateos

8 de octubre de 2012 Deja un comentario Go to comments

[Nota: Esta es la octava parte de Why I Believe in God, un ensayo del Dr. Cornelius Van Til(1895 –1987), al que he dividido en varios trozos. Para leer la primera, segunda, tercera, cuarta, quinta, sexta o séptima parte, siga los links. Las demás partes serán publicadas en los siguientes días]

Parece que hemos llegado a una parte un tanto delicada. Hemos acordado al principio que nos diríamos toda la verdad el uno al otro. Si te he ofendido ha sido porque no me atrevo, ni siquiera considerando el interés para ganarte, a ofender a Dios. Has hecho del alcance de tu intelecto el estándar o criterio sobre lo que es posible y lo que no es posible. Así que prácticamente has determinado que tu intención es nunca encontrarte con un hecho que apunte hacia Dios. Hechos, para ser tales – hechos, esto es, con una posición decente científica y filosóficamente – deben tener tu sello en vez del de Dios como su creador.

Por supuesto me doy cuenta completamente que no pretendes crear árboles y elefantes. Pero prácticamente afirmas que los árboles y los elefantes no pueden ser creados por Dios. Has oído del hombre que nunca quiso ver  o ser una vaca púrpura. Pues bien, tú prácticamente has determinado que nunca vas a ver o ser un hecho creado. Con Sir Arthur Eddington dices, “Lo que mi red no puede coger no son peces”.

Tampoco pretendo, claramente, que, una vez hayas sido posicionado cara a cara con esta condición, puedas cambiar tu actitud. No más de lo que el etíope puede cambiar su piel o el leopardo sus manchas puedes cambiar tu actitud. Has cementado tus gafas de colores a tu cara tan firmemente que no puedes siquiera quitártelos cuando duermes. Freud no ha visto ni un mero destello de la pecaminosidad del pecado tal como controla el corazón humano. Tan solo el Gran Médico por medio de Su propiciación en sangre en la Cruz y por el regalo de Su Espíritu puede quitarte esas gafas coloridas y hacerte ver los hechos tal como son, hechos como prueba, como prueba inherentemente convincente, de la existencia de Dios.

Debería estar muy claro ahora en qué clase de Dios creo yo. Es Dios, el Todo-Condicionante. Es el Dios que creó todas las cosas, quien por Su providencia condicionó mi juventud, haciéndome creer en Él, y quien en mi madurez por su gracia sigue haciéndome querer creer en Él. Es el Dios que también controló tu juventud y hasta aquí, al parecer, no te ha dado su gracia para que creas en Él.

Puedes entonces contestar a esto: “¿Entonces cuál es la utilidad de discutir y razonar conmigo?” Pues bien, hay mucha utilidad en esto. Ves, si eres realmente una criatura de Dios, siempre le eres accesible a Él. Cuando Lázaro estuvo en la tumba aún le era accesible a Cristo quien le llamó de vuelta a la vida. Es de esto de lo que los verdaderos predicadores dependen. El hijo pródigo pensó que había escapado completamente de la influencia de su padre. En realidad el padre controlaba las “tierras lejanas” a las que el hijo pródigo había ido. Lo mismo pasa con el razonar. El verdadero razonar sobre Dios es tal que solamente Dios es el único emplazamiento que da sentido a cualquier tipo de argumento humano. Y tal razonar, podemos esperar por un buen motivo, será usado por Dios para romper el carruaje de un solo caballo de la autonomía humana.

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