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Archive for the ‘Moralidad’ Category

Jesucristo y la Homosexualidad

31 de octubre de 2012 Deja un comentario

Por Mike Riccardi

Un par de meses atrás, empecé a responder a un par de argumentos populares de por qué algunos creen que la homosexualidad es conciliable con el cristianismo. Mi esperanza era (y sigue siendo) que yo podría ser capaz de servir a aquellos que están equivocados en este sentido, ayudándoles a ver que la fe en Jesús y su Palabra no puede conciliarse con los intentos de legitimar la homosexualidad. Yo me había referido a la objeción semi-sarcástica que nosotros, como cristianos somos inconsistentes en condenar la homosexualidad, sobre la base de la ley levítica, ya que no condenamos también comer mariscos y mezcla de tejidos También me referí a la objeción de que en los cristianos que condenan la homosexualidad son faltos de amor-quedan atrapados en los detalles, olvidando que nuestro virtud cristiana cardinal es el amor. Si usted no ha leído esos artículos, espero que lo haga.

Pero hoy quiero abordar un argumento más popular para conciliar la homosexualidad con el verdadero cristianismo. Y este es la objeción de que el mismo Jesús nunca dijo una palabra acerca de la homosexualidad. Los que hacen este argumento admiten que Pablo lo condenó como pecado (Romanos 1:26-27, 1 Cor 6:9-10; 1 Timoteo 1:9-10). Pero el sentimiento detrás de esta objeción es que Pablo había corrompido el modo de vida y la ideología que Jesús vino a propagar, y que Jesús habría sido “amoroso” y “aceptó” a los homosexuales, tal y como son .

Pero ¿es verdad que Jesús nunca dijo nada acerca de la homosexualidad?

En realidad, al igual que las otras objeciones, hay varias razones por las que esta objeción simplemente no se sostiene ante el escrutinio bíblico y lógico. Hoy me gustaría para hacer frente a cinco de ellas.

Continúa leyendo el artículo en Evangelio.

Richard Dawkins, El Padre de Tus Hijos

6 de septiembre de 2012 3 comentarios

Por Douglas Wilson

El noveno capítulo del libro de Dawkins [El espejismo de Dios, The God Delusion, n.tr.] se titula “Niñez, Abuso, y Escape de la Religión”. El capítulo es casi insolente en su deshonestidad intelectual, y más que insolente en su proposición.

Dawkins comienza contando una historia que rompe el corazón de la Italia del siglo XIX, en donde un joven chico judío (Edgardo Mortata) ha sido secretamente bautizado por su niñera. Cuando esto fue descubierto, la Inquisición requirió que fuera quitado de sus padres, y criado en una familia católica, que es lo que se hizo.

“Está más allá de cualquier sensible entendimiento; pero ellos, sinceramente creyeron que le estaban haciendo a él un bien al apartarlo de sus padres y entregarlo a una crianza cristiana. ¡Ellos sintieron la obligación de protegerlo!” (p. 233).

Mientras Dawkins escribe sobre esto, todo lector con sensibilidad está de acuerdo con él. Esto fue una acción horrorosa, y es superada solo por Dawkins diciéndonos esta historia como una introducción a su propuesta para hacer precisamente la misma cosa. Dice estar atónito por el hecho de que estos católicos del siglo XIX sintieron un deber a proteger a este joven niño de ser crecido como judío. Y después tranquilamente pasa a su argumento subsiguiente de que nosotros los modernos tenemos un deber de proteger a los niños pequeños de todo el mundo de ser crecidos por personas religiosas que consideran que es su deber el crecer a su hijo en la fe. El verdadero problema de Dawkins es aparentemente que no los suficientes niños fueron llevados de sus familias. Si Dawkins o su editor no hubieran estado agarrando su todo-suficiente secularismo, hubieran visto la contradicción mayúscula en este capítulo. Cuando se habla de falta de conciencia de uno mismo, en este particular argumento Dawkins estuvo “en la zona”. Dawkins comienza su capítulo dándonos asco a todos sobre cómo algunas personas cientos de años atrás comían cucarachas. Después hace de esto en fundamento de su argumento a favor de comer, en vez de cucarachas, centrípetos. Y no ve que es esto lo que está haciendo.

El título del capítulo contiene la palabra “abuso”. Y este es el eje de la proposición de Dawkins. Los padres que educan a sus hijos para que compartan la fe de sus padres son, según Dawkins, padres abusivos. Dawkins piensa que puede hacer este cargo y él quedar tolerante porque no está en contra de que los padres quieran ser cristianos (¡oh vaya, gracias!). Pero si bautizan a sus hijos, o les da una educación cristiana, o ambas, entonces no han de ser considerados padres cristianos, sino más bien padres abusivos.

“Aún sin la abducción física, ¿No es siempre una forma de abuso infantil etiquetar a los niños como poseedores de creencias sobre las cuales ellos son demasiado jóvenes para haber pensado? Aún así,  la práctica persiste hasta hoy,  casi  completamente incuestionada.  Cuestionarla es  mi principal propósito en este capítulo” (p. 235).

¿Y qué es lo que haces con los padres abusivos? Pues, les haces parar, y si no quieren parar, entonces sacas al niño de esa familia para protegerlo – justo lo que le pasó al pequeño Edgardo. Cogiendo esto desde otro ángulo, aún tan horrible como el abuso sexual de los niños por los curas pueda ser, Dawkins dice, “el daño podría decirse que fue menor que el daño psicológico a largo plazo infligido por educar al niño como católico en primer lugar” (p. 237). Así que el darles a los niños una educación religiosa no solo que es abuso, sino que puede decirse que es un tipo de abuso peor que el abuso sexual.

No es un crimen, según Dawkins, el ser cristiano en la presencia de tus hijos, al menos por el presente, pero es un crimen el criarlos en la disciplina y la amonestación del Señor.

“Yo estoy persuadido que la frase “abuso infantil” no es una exageración cuando es usada para describir  lo que los  maestros  y sacerdotes le están haciendo a los  niños  a quienes  ellos exhortan a creer algo como el castigo de los pecados mortales no absueltos con un infierno eterno” (p. 238).

Y Dawkins cita a un colega, Nicholas Humphrey, quien dijo esto para nuestra consideración:

“Así que nosotros no deberíamos permitirles más a los padres enseñarle a sus hijos en qué creer; por ejemplo, en la verdad literal de la Biblia, o que los planetas gobiernan su vida, en la misma forma en que no les permitimos a los padres sacarles los dientes a sus hijos o encerrarlos en un calabozo” (p.243).

Hasta aquí, tal abuso incluiría el bautismo de los infantes, enseñarles a los niños sobre el juicio de Dios de la raza humana, el hecho de que la Biblia es la Palabra de Dios, y memorizar versículos para recitar en las festividades navideñas anuales. Todas estas cosas son, por definición, abuso al menor. Y la sociedad decente tiene el deber de proteger a los niños del abuso de menores, ¿no es así? Saca a esos niños de ahí – tal como hicieron los católicos con Edgardo.

Humphrey (y Dawkins) fueron los dos horrorizados por la reacción multicultural al descubrimiento del cuerpo de una joven muchacha inca, la “joven de hielo”, quien aparentemente fue matada en un ritual como sacrificio. Todos los sospechosos normales progresivos se enorgullecían de que en su cultura el “haber sido escogida para la señal de honor de ser sacrificada” (p. 244) era realmente un honor. Pero Humphrey dice que ella pensaba de esta manera tan solo porque no conocía los hechos científicos sobre el universo material. Si él la hubiera criado, y conseguido para ella una educación adecuada, ella no hubiera pensado de la manera que lo hizo, y no hubiera querido ser sacrificada. Esto es cierto – no hubiera querido si hubiera sido criada en una familia cristiana conservadora tampoco. Pero eso va más allá del punto.

El mito de la neutralidad tiene tanto a Humphrey como a Dawkins por el cuello. Quieren proteger a todos los niños del mundo del abuso de las opiniones religiosas de sus padres, y el criterio que proponen para evaluar todas las opiniones de estos padres son los hechos indisputables que forman su cosmovisión. Como diría Popeye, qué extraña coincidencia. Esto es porque ellos tienen la razón, maldita sea, igual que los católicos del siglo XIX. E, increíblemente, no pueden ver que esto es lo que están haciendo.

“Los sacerdotes incas no pueden ser culpados por su ignorancia; y quizás podría pensarse que es muy duro decir que eran estúpidos y engreídos. Pero ellos pueden ser culpados por imponer sus propias creencias a una niña demasiado joven para decidir adorar al sol o no” (p. 244).

Pero la creencia cristiana es que los sacerdotes incas deberían ser culpados por su ignorancia, porque estaban deteniendo la verdad sobre Dios en su injusticia y adoraban una mentira. La manera de tratar con esto es predicándoles el evangelio, llamándolos a arrepentirse y abandonar sus ídolos. Pero el enfoque de Dawkins es impresionante. Su proposición, si queremos dignificarlo con tal nombre, es requerir a todos los padres del mundo – cristianos, musulmanes, judíos, budistas, y así – a criar a sus hijos en la manera que Dawkins lo haría, y después, cuando tengan dieciocho años (o cuanto sea), pueden ser de cualquier religión que quieran, siempre y cuando no sea una religión que tenga nada parecido al bautismo de infantes.

“¿Adorable? ¿Entibiador del corazón? No. No lo es. No es ninguna de esas dos cosas. ¿Cómo podría cualquier persona decente pensar que es correcto etiquetar a niños de cuatro años de edad con las opiniones cósmicas  y teológicas de sus padres?”(p. 252).

La implicación aquí es que los niños son todos pupilos del estado, que ha de ser secular. Tus niños no son tuyos. Esto es más que la separación de iglesia y estado; es la separación de iglesia y niños. No es una separación de estado y niños.

“Por favor; eleven sus conciencias sobre esto, y disgústense cada vez que escuchen que esto sucede. Un niño no es cristiano ni un niño es musulmán, sino un niño de padres cristianos o un niño de padres  musulmanes” (p. 254).

No, gracias. No lo voy a hacer. Dije hace un momento que Dawkins no ve que está demandando que todas las cosmovisiones defieran de la suya. Porque él tiene la razón, y porque todos los demás están equivocados, los niños han de ser quitados de las familias (o no) en base a sus principios. No tolerará ninguna disputa o discusión sobre esto. La cosmovisión científica tiene la razón, y la evolución es lo verdadero, y los niños han de ser quitados de las familias donde el pensamiento-Dawkins no está adecuadamente enseñado. Una de las razones para hacer esto es porque Dawkins fue horrorizado por un ejemplo del siglo XIX en Italia en donde un niño fue quitado de una familia donde el pensamiento-católico no fue enseñado de manera adecuada. Honestamente, nunca he visto nada como esto en un libro que la gente se tomaba en serio. Y Dawkins imparte clases en Oxford.

Pero no le culpo a Dawkins por insistir que la ley ha de ser basada en la cosmovisión que él considera que es la correcta. ¿Qué otra cosa podríamos esperar? Pero no es ahí donde reside el problema. Toda ley es moralidad impuesta, y todo el que tiene moralidad cree que la ley debería ser basada en esa moralidad que es la correcta. Eso es lo que todos hacen, y es inevitable. Nadie quiere imponer una moralidad que cree que es una moralidad falsa y ciertamente inmoral.

El problema es que Dawkins no sabe que esto es lo que está haciendo. No es consciente del hecho de que está mirando al mundo a través de sus propias pupilas, y su cosmovisión, cargada de todo tipo de suposiciones radicales, es simplemente invisible para él. Lo que él ve es simplemente lo que “es”, y lo que otros creen es el resultado de supersticiones inexplicables. Y tenemos que sacar a los niños fuera de aquí.

Esto se presenta de otra manera en este capítulo. Dawkins ha oído hablar sobre un grupo de cristianos que quiere que las normas públicas reflejen lo que ellos creen que es correcto. Dawkins actúa como si nunca hubiese oído tal cosa. ¡Los ideadores! ¿Ellos?

“Si yo hubiese querido entrevistar a extremistas reales conforme a los  modernos  estándares  estadounidenses,  hubiera acudido a los  “Reconstruccionistas” cuya “Teología del Dominio” defiende abiertamente una teocracia cristiana en los Estados Unidos de América” (p. 238).

Un colega americano le escribe con gran entusiasmo:

“Los  europeos  necesitan  saber  que  existe  un  show teo-anormal  itinerante  … Si  los  secularistas  no están vigilantes,  los  Dominionistas  y  Reconstruccionistas  pronto  serán  la  mayoría  en  una verdadera teocracia estadounidense” (p. 238).

En primer lugar, juzgando a partir de la terminología usada aquí, la recolección de datos de Dawkins está atrasada unos veinte años. En segundo lugar, decir esto como si la partida conquistará mañana mismo si los secularistas no están vigilantes con V mayúscula es un ejercicio de hipérbole con H mayúscula. Pero no nos enrollemos con ese tipo de cosas, y señalar solamente que todas las culturas reflejan el cultus central. Todas las culturas son religiones encarnadas. Dawkins quiere que su religión sea la base para toda moralidad pública y ley. Bien por él. Nosotros también lo queremos. Él no cree en Jesús, y quiere a la incredulidad en un altar en la plaza pública. Nosotros creemos en Jesús, y queremos que Su Señorío sea reconocido en la plaza pública. Claro que hay algunas diferencias, basadas en las naturalezas diferentes de las cosmovisiones representadas. Por ejemplo, yo no quisiera que el estado cristiano secuestrara a los niños de las familias ateas, y él sí quiere que el estado secular secuestre a los niños cristianos de las familias cristianas. Pero aunque nuestras moralidades difieren, ambos queremos que estas moralidades formen la base de la cultura que nos rodea.

Dawkins firmemente rechaza reconocer la naturaleza situada de su propio conocimiento. Dado que niega al único Dios verdadero, el único que tiene conocimiento inmediato (no-mediado) de todas las cosas, Dawkins se ha ofrecido como voluntario para ocupar esa plaza libre él mismo. Él conocerá las cosas inmediatamente, y las conocerá sin corrupción. Y desde esa inmaculada lugar de ventaja, ordenará que nuestros niños se nos quiten, y sean criados de una forma antiséptica y científica. Que Dios nos libre.

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Las citas del libro han sido tomadas de aquí.
El artículo de Douglas Wilson aparece en su página web, aquí.

Dawkins, Dudosos, y Libertinaje

4 de agosto de 2012 Deja un comentario

Por Scott Oliphint

Resumen del incidente: Rebecca Watson, “Skepchick”, tras hablar en una conferencia en Dublín, fue invitada por un hombre, a las cuatro de la mañana en un ascensor, a tomar el café en su habitación del hotel. La señorita Watson dio por supuesto que el hombre no la invitaba a tomar café, sino que la invitaba a “tomar café”. Pueden encontrar una explicación más amplia, en inglés, aquí.

Richard Dawkins, quien podría decirse que es el dios (no existente) de todas las cosas ateas, se ha encontrado a sí mismo en el lado malo de un bate de béisbol verbal. La historia misma salpica tanta ironía que es imposible no mojarse mientras lo lees. Para resumirlo: en una conferencia de escépticos, una de las líderes “dudosas” se vio con una proposición deshonesta en un ascensor a las 4 a.m. Como es nuestra costumbre (pos)moderna, lo primero que uno hace cuando tamaño trauma ocurre es escribir en el blog sobre ello.

El blog, sin embargo, no se topó con simpatía universal. Particularmente, no consiguió cosechar la empatía emocional de Dawkins. En un comentario en el incidente de la “Escéptica Libertina”, Dawkins usó la queja del blog de la Escéptica Suprema para intentar una diatriba taxonómica de tragedias mundiales. Dada la mutilación de las mujeres musulmanas, comentó Dawkins, una simple proposición deshonesta en un ascensor a las 4 de la mañana parece una queja relativamente insignificante y leve.

Pero Dawkins mordió más escepticismo con tales comentarios de lo que su estómago ateo podía digerir. Hasta después de una disculpa seguida de una disculpa a los escépticos, Dawkins estaba mal preparado para la ira que el régimen racionalista dejó caer sobre él. La virulencia no tuvo cuartel, y Dawkins vio su propia condición de dios en serias dudas. Simplemente no podía entender cómo su priorización de las malas acciones pudo haber causado tanta consternación cáustica.  Particularmente interesante para mí fue el comentario que concluyó el artículo sobre la discusión de los Escépticos vs. Dawkins: “Esto son los escépticos”, dijo una escritora, “Racionales sobre todo excepto sobre ellos mismos, la auto-preservación, y los modales”.

Estos escépticos se enorgullecen sobre su dedicación a la racionalidad y al razonamiento basado en evidencia. Sin embargo, lo que debería ser perfectamente claro en este escándalo es que “ser racional” es insuficiente para tratar con cosas como ofensas personales, preservación humana, y cualquier afirmación o creencia con un “deberías” implícito. Para ser más específico, “ser racional” no provee ninguna ayuda o información a alguien que ha recibido una proposición deshonesta en un ascensor. La mujer a la que le pasó esto, y quien, en su blog, se llama a sí misma “Skepchick”, dio por sentado que la mera mención de su difícil situación en el blog haría que las tropas racionalistas se congregaran con respuestas apropiadas y racionalistas. Pero Dawkins se atrevió a comparar el susto de Skepchick con la mutilación musulmana e implicar después una ecuación (arbitraria) de equivalencia moral. Lo que Dawkins descubrió fue que tal ecuación no puede calcularse por Skepchick y sus partidarios. ¿Cómo puede ser, podríamos preguntar, que tantos comprometidos a nada más que a ser racionales y a las evidencias se puedan encontrar en medio de tanta confusión?

Este puede ser un buen lugar para presentar una táctica apologética que a veces es útil. El uso de los argumentos así llamados ad hominem (literalmente, “al hombre”) son generalmente considerados falaces. No está en duda que tales argumentos pueden ser falaces, pero tampoco se pone en duda que las falacias lógicas no son falacias en todos los casos. Un argumento ad hominem, cuando se usa en una manera falaz, es un ataque al carácter de una persona más que una respuesta al argumento de tal persona. Es, resumidamente, asesinato del carácter. En una atmósfera política cargada como la estamos aguantando ahora mismo en los Estados Unidos, tales argumentos abundan.

Un argumento ad hominem que no es falaz es aquel en el cual la posición de una persona está puesta en duda basado en lo que dicha persona afirma. Es un argumento ad hominem porque apunta a las creencias del contendiente; busca cuestionar la consistencia de lo que uno cree, arguye, o mantiene, en vista de las otras creencias o argumentos que afirma sostener.

Así, podríamos preguntar, ¿qué es lo que, en la respuesta de Dawkins, ha violado la base racional o de evidencia de los escépticos? Dawkins quiso defender que la mutilación musulmana de las mujeres tiene un nivel de maldad con la cual una invitación a un café en un ascensor a las 4 a.m. puede difícilmente ser comparado. ¿Es este un argumento irracional? Si lo es, entonces Skepchick puede que haya provisto la ley de razonamiento que Dawkins ha violado. ¿Viola esto un compromiso al evidencialismo? Si es así, entonces hubiera sido muy conveniente dejar claro cómo estos principios de la evidencia han sido infringidos en el argumento de Dawkins.

Por supuesto, la verdad es que la verdad transciende lo racional y lo evidencial. Hay algo funcionando en el argumento de Dawkins y en la respuesta de Skepchick que va más allá de sus compromisos básicos. Skepchick (más bien inconscientemente) se dio también cuenta de esto y así, de manera predecible, atribuyó la insensibilidad de Dawkins a aquellas cosas que están más allá de su control, y que, al menos según ella, motivan todo lo que él dice y hace; localizó el carácter obtuso de la conversación en el sexo, raza y edad de Dawkins. La interrogación ad hominem que hay que hacerle aquí es qué hay sobre el sexo, la raza y la edad que viola la racionalidad o el razonamiento evidencial.

Ninguna respuesta legítima puede salir de tal pregunta porque ninguna lo es. Uno buscaría la plétora de los libros de texto de filosofía en vano si lo que se desea es el descubrimiento de una ley racional que vindicaría a Skepchick y a sus seguidores. Ella tiene que moverse más allá de su propia cosmovisión para presentar su lamento contra Dawkins. Ella estaba, conscientemente o no, dependiendo de principios que no se comportaban con sus supuestas nociones básicas de lo racional y lo evidencial.

Hay, entonces, fuerzas profundas e inviolables que accionan en este debate, fuerzas que van mucho más allá de la racionalidad y la evidencia. Para Dawkins, obviamente hay una escala del mal – lo que se les hace a las mujeres musulmanas está mucho más mal de lo que se le hizo a Skepchick. Para Skepchick, hay un código de moralidad que tiene que ser tomado con toda seriedad cuando es ella la víctima. Así, tal como dice el artículo, no parece haber un compromiso racional o evidencial común entre Dawkins y Skepchick a la hora de hablar de sus vidas personales, de la manera en la que deberían accionar, y qué es lo que constituye un comportamiento aceptable entre las personas.

Esto es inevitable. Como hemos visto en los artículos anteriores, cualquiera que decide basar su vida en otra cosa que no sea la Señoría de Cristo, y todo lo que su Señoría conlleva, descubrirá que cualquier base que cree que le mantiene está, en realidad, aunque sea a veces lenta e imperceptiblemente, haciéndose pedazos debajo suyo. He aquí el argumento ad hominem. El supuesto fundamento básico que han elegido no puede aguantar el peso de la vida real en el mundo de Dios, como criaturas de Dios. Es completamente impotente y así no puede empezar a conseguir el trabajo que le ha sido asignado.

El artículo es útil en que deja descubierto, en una manera tangible de la vida real, qué es lo que quiere decir cuando afirmamos que los ateos (escépticos incluidos) no pueden, en la base de su propia cosmovisión, hacer una juicio correcto sobre temas morales. El argumento de Dawkins puede tener sentido; ciertamente parece ser verdadero que la mutilación de las mujeres es más serio que un hombre le pida a una mujer tomar un café, incluso si la propuesta es a las cuatro de la mañana en un ascensor. Pero para hacer dicha evaluación, tiene que haber también un entendimiento convincente de qué y quiénes somos (esto es, la imagen de Dios), y simplemente por qué y cómo es que  tales cosas constituyen una maldad real y no meramente subjetiva (esto es, porque Dios, como único y último bien, determina qué cosas están mal y cuáles no). Skepchick formalmente estaba en lo correcto al apuntar a los aspectos inalterables e involuntarios del carácter de Dawkins. Pero no era su sexo, raza o edad lo que le motivó en su juicio. Más bien, contrario a sus compromisos reconocidos públicamente, Dawkins puede hacer su priorización del mal porque conoce, en lo hondo, que las personas son más que unas leyes racionales y unos compuestos racionales. Tiene características que transcienden su pensamiento y su constitución; son la imagen de Dios.

Dawkins no lo plantearía de este modo, por supuesto. No podría hacer eso sin un sano compromiso a arrepentirse de todo lo que ha mantenido hasta ahora. Pero es ese arrepentimiento, y sólo esto, lo que puede resolver la tensión entre Dawkins y Skepchick. Es, para no andarse con rodeos, solo en arrepentimiento que les dará tanto a Dawkins como a Skepchick lo que necesitan desesperadamente – una manera convincente y coherente de entenderse “a ellos mismos, la auto-preservación, y los modales”. La solución con la Escéptica Libertina es, como en todos los demás problemas, venir a Cristo, santificarlo como Señor. La verdad, nada podría ser más racional que eso.

¿Según qué Criterio? – Christopher Hitchens vs. Doug Wilson

14 de julio de 2012 Deja un comentario






Notas de Doug Wilson:

Cuando hablamos de apologética, la pregunta “¿Según qué criterio?” es una pregunta realmente fundamental. La misma pregunta se da en disputas en muchos campos diferentes – es la misma cosa que preguntar “¿Quién lo dice?” Si afirmas que tengo que hacer algo, la pregunta debería ser, “¿Por qué tengo que hacer eso?” Es a estas alturas en la que la apologética presuposicional tiene un tiro limpio. Un buen lugar para estudiar esta visión de la apologética sería el libro de Greg Bahnsen Always Ready.

Durante nuestros tres días juntos filmando Collision, ésta ha sido una de las pocas veces que Christopher ha sido puesto contra la pared. Creo que ocurrió porque la pregunta fue una novedad para él, así que ha necesitado un momento para pensar sobre ello.

Cuando Christopher intenta responder a la pregunta “¿Según qué criterio?”, notad como introduce sutilmente la suposición que le estoy preguntando que demuestre. Dice que conoce ciertas realidades (morales) porque es un “primate superior”. Pero hay una palabra ahí que está cargada de valor – superior. ¿Superior según qué criterio? ¿Sobre qué estamos hablando?

Christopher preparó bien el siguiente cambio de palabras reconociendo que, como primates, tenemos un embrollo de instintos en conflicto. La respuesta que le ofrecí fue algo que aprendí la primera vez de C.S. Lewis. Si tengo dos instintos contradictorios y en competencia el uno con el otro, un enfoque evolutivo puede valer para cualquiera de estos instintos (pongamos como ejemplo la auto-preservación y la preservación de la manada). Pero el punto de vista evolutivo no puede justificar un tercer instinto que me diga cuál de los dos primeros instintos debería obedecer en este momento. No tengo un sentido “árbitro” que decida entre ellos.

Lo que sí tengo es una conciencia, que no puede ser justificada a parte de Dios. Christopher intenta ganar un “voto de conciencia” entre los estudiantes cuando hace la pregunta sobre el sufrimiento eterno. Pero no necesitamos un voto de conciencia. Necesitamos una justificación de por qué tenemos conciencias en primer lugar.

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Enlace al artículo original: By What Standard?