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El Argumento a Partir de la Gratitud

17 de septiembre de 2012 Deja un comentario

No hace mucho leí un artículo de Douglas Wilson llamado El Argumento A Partir de la Gratitud. Argumento para “demostrar” la existencia de Dios, como el argumento teleológico o el argumento cosmológico. Él lo describe así:

Se me han dado innumerable bendiciones. Viendo que tengo estas bendiciones, tengo una responsabilidad ética de decir “Gracias”. ¿Pero a quién? Si soy el producto de meros átomos yendo a toda velocidad en un universo falto de mente, no hay nadie a quien le pueda ser agradecido, y aún así mi necesidad ética de estar agradecido es verdadera. Entonces, hay un Dios, y le agradezco a Él por las colinas verdes que vi ayer.

Juzgar la validez del argumento no es mi propósito aquí. Sería como discutir sobre los ingredientes de la comida mientras esta se enfría sobre la mesa. No, mi propósito es servirla caliente; ir al corazón del asunto: la gratitud. Saborearla, y esto a través de las palabras de G.K. Chesterton:

Cuando somos muy pequeños, no necesitamos cuentos de hadas; solamente necesitamos cuentos; La vida resulta bastante interesante. Un chico de siete años se entusiasma si le dicen que Tomás abrió una puerta y vio un dragón. Pero un chico de tres años se entusiasmará si le dicen que Tomás abrió una puerta. A los chicos les gustan los cuentos románticos; pero a los bebés les gustan los cuentos realistas, porque los encuentran románticos. En realidad, un bebé, pienso, es la única persona que puede leer una novela realista moderna sin aburrirse.

Esto prueba que aun las fábulas infantiles sólo son eco de un sobresalto, casi prenatal, de interés y de asombro. Estas fábulas dicen que las manzanas son doradas, con el único fin de resucitar el momento olvidado en que descubrimos que eran verdes. Dicen que corren ríos de vino, para recordarnos por un loco momento, que corren ríos de agua. Dije que esto es completamente razonable y aún agnóstico. Y ciertamente que sobre este punto, estoy con el agnosticismo; cuyo nombre mejor es Ignorancia.

Todos hemos leído en libros científicos y, ciertamente, en todas las novelas románticas, la historia del hombre que olvidó su nombre. Ese hombre camina por las calles y puede verlo y apreciarlo todo; sólo no puede recordar quién es. Bien, cada hombre es ese hombre de la historia. Cada hombre ha olvidado quién es. Es terrible comprender el cosmos pero nunca comprender el “ego”; el “yo”, es más remoto que cualquier estrella.

“Amarás al Señor tu Dios”, pero nunca lo comprenderás. Todos padecemos de la misma calamidad mental; todos hemos olvidado nuestros nombres. Todos hemos olvidado lo que somos. Lo que llamamos sentido común, y racionalidad y practicidad y positivismo, significa que por ciertas regulaciones de nuestra vida, olvidamos que hemos olvidado. Todo lo que llamamos espíritu, y arte y éxtasis, significan que, solamente por un magnífico instante, recordamos que habíamos olvidado.

Pero a pesar de que (como el hombre sin memoria en la novela) caminamos por las calles con una especie de admiración retardada, todavía es con admiración. Es admiración en inglés y no puramente admiración en latín.

El asombro tiene un elemento positivo  de alabanza. Este es el próximo hito que hemos de pasar para hallarnos definitivamente resueltos en nuestro camino a través del país de las hadas. En el próximo capítulo hablaré del aspecto intelectual de los optimistas y los pesimistas; siempre y cuando tengan uno. Aquí sólo trato de describir las enormes emociones que no pueden ser descritas. Y la emoción más fuerte de la vida, fue tan hermosa como desconcertante.

Fue un éxtasis porque fue una aventura; fue una aventura porque fue una oportunidad. La bondad de los cuentos de hadas no fue afectada por el motivo de que en ellos pueda haber más dragones que princesas; ya era bueno figurar en un cuento de hadas. La prueba de toda felicidad es la gratitud; y yo me sentía agradecido, aunque difícilmente sabía a quién estarlo. Los niños están agradecidos cuando Santa Claus pone en sus calcetines juguetes y dulces. ¿No podría yo estarle agradecido a Santa Claus cuando él ha puesto en mi calcetín el regalo de dos milagrosas piernas? Le agradecemos a la gente regalos de cumpleaños tales como cigarros y chanclas. ¿Y yo no puedo darle las gracias a nadie por el regalo de cumpleaños del nacimiento?

El mundo era un choque; pero no era meramente chocante; la existencia fue una sorpresa, pero fue una sorpresa agradable. De hecho, mis primeras impresiones se manifestaron como un jeroglífico alojado en mi cabeza desde la infancia. La pregunta era: “¿Qué dijo la primera rana?”; y la respuesta era: “¡Señor, cómo me haces saltar!” Esto expresa brevemente todo lo que estoy diciendo. Dios hizo saltar a la primera rana; pero la rana prefiere saltar. (G.K. Chesterton, Ortodoxia, pp. 31-32, énfasis mío)

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Richard Dawkins, El Padre de Tus Hijos

6 de septiembre de 2012 3 comentarios

Por Douglas Wilson

El noveno capítulo del libro de Dawkins [El espejismo de Dios, The God Delusion, n.tr.] se titula “Niñez, Abuso, y Escape de la Religión”. El capítulo es casi insolente en su deshonestidad intelectual, y más que insolente en su proposición.

Dawkins comienza contando una historia que rompe el corazón de la Italia del siglo XIX, en donde un joven chico judío (Edgardo Mortata) ha sido secretamente bautizado por su niñera. Cuando esto fue descubierto, la Inquisición requirió que fuera quitado de sus padres, y criado en una familia católica, que es lo que se hizo.

“Está más allá de cualquier sensible entendimiento; pero ellos, sinceramente creyeron que le estaban haciendo a él un bien al apartarlo de sus padres y entregarlo a una crianza cristiana. ¡Ellos sintieron la obligación de protegerlo!” (p. 233).

Mientras Dawkins escribe sobre esto, todo lector con sensibilidad está de acuerdo con él. Esto fue una acción horrorosa, y es superada solo por Dawkins diciéndonos esta historia como una introducción a su propuesta para hacer precisamente la misma cosa. Dice estar atónito por el hecho de que estos católicos del siglo XIX sintieron un deber a proteger a este joven niño de ser crecido como judío. Y después tranquilamente pasa a su argumento subsiguiente de que nosotros los modernos tenemos un deber de proteger a los niños pequeños de todo el mundo de ser crecidos por personas religiosas que consideran que es su deber el crecer a su hijo en la fe. El verdadero problema de Dawkins es aparentemente que no los suficientes niños fueron llevados de sus familias. Si Dawkins o su editor no hubieran estado agarrando su todo-suficiente secularismo, hubieran visto la contradicción mayúscula en este capítulo. Cuando se habla de falta de conciencia de uno mismo, en este particular argumento Dawkins estuvo “en la zona”. Dawkins comienza su capítulo dándonos asco a todos sobre cómo algunas personas cientos de años atrás comían cucarachas. Después hace de esto en fundamento de su argumento a favor de comer, en vez de cucarachas, centrípetos. Y no ve que es esto lo que está haciendo.

El título del capítulo contiene la palabra “abuso”. Y este es el eje de la proposición de Dawkins. Los padres que educan a sus hijos para que compartan la fe de sus padres son, según Dawkins, padres abusivos. Dawkins piensa que puede hacer este cargo y él quedar tolerante porque no está en contra de que los padres quieran ser cristianos (¡oh vaya, gracias!). Pero si bautizan a sus hijos, o les da una educación cristiana, o ambas, entonces no han de ser considerados padres cristianos, sino más bien padres abusivos.

“Aún sin la abducción física, ¿No es siempre una forma de abuso infantil etiquetar a los niños como poseedores de creencias sobre las cuales ellos son demasiado jóvenes para haber pensado? Aún así,  la práctica persiste hasta hoy,  casi  completamente incuestionada.  Cuestionarla es  mi principal propósito en este capítulo” (p. 235).

¿Y qué es lo que haces con los padres abusivos? Pues, les haces parar, y si no quieren parar, entonces sacas al niño de esa familia para protegerlo – justo lo que le pasó al pequeño Edgardo. Cogiendo esto desde otro ángulo, aún tan horrible como el abuso sexual de los niños por los curas pueda ser, Dawkins dice, “el daño podría decirse que fue menor que el daño psicológico a largo plazo infligido por educar al niño como católico en primer lugar” (p. 237). Así que el darles a los niños una educación religiosa no solo que es abuso, sino que puede decirse que es un tipo de abuso peor que el abuso sexual.

No es un crimen, según Dawkins, el ser cristiano en la presencia de tus hijos, al menos por el presente, pero es un crimen el criarlos en la disciplina y la amonestación del Señor.

“Yo estoy persuadido que la frase “abuso infantil” no es una exageración cuando es usada para describir  lo que los  maestros  y sacerdotes le están haciendo a los  niños  a quienes  ellos exhortan a creer algo como el castigo de los pecados mortales no absueltos con un infierno eterno” (p. 238).

Y Dawkins cita a un colega, Nicholas Humphrey, quien dijo esto para nuestra consideración:

“Así que nosotros no deberíamos permitirles más a los padres enseñarle a sus hijos en qué creer; por ejemplo, en la verdad literal de la Biblia, o que los planetas gobiernan su vida, en la misma forma en que no les permitimos a los padres sacarles los dientes a sus hijos o encerrarlos en un calabozo” (p.243).

Hasta aquí, tal abuso incluiría el bautismo de los infantes, enseñarles a los niños sobre el juicio de Dios de la raza humana, el hecho de que la Biblia es la Palabra de Dios, y memorizar versículos para recitar en las festividades navideñas anuales. Todas estas cosas son, por definición, abuso al menor. Y la sociedad decente tiene el deber de proteger a los niños del abuso de menores, ¿no es así? Saca a esos niños de ahí – tal como hicieron los católicos con Edgardo.

Humphrey (y Dawkins) fueron los dos horrorizados por la reacción multicultural al descubrimiento del cuerpo de una joven muchacha inca, la “joven de hielo”, quien aparentemente fue matada en un ritual como sacrificio. Todos los sospechosos normales progresivos se enorgullecían de que en su cultura el “haber sido escogida para la señal de honor de ser sacrificada” (p. 244) era realmente un honor. Pero Humphrey dice que ella pensaba de esta manera tan solo porque no conocía los hechos científicos sobre el universo material. Si él la hubiera criado, y conseguido para ella una educación adecuada, ella no hubiera pensado de la manera que lo hizo, y no hubiera querido ser sacrificada. Esto es cierto – no hubiera querido si hubiera sido criada en una familia cristiana conservadora tampoco. Pero eso va más allá del punto.

El mito de la neutralidad tiene tanto a Humphrey como a Dawkins por el cuello. Quieren proteger a todos los niños del mundo del abuso de las opiniones religiosas de sus padres, y el criterio que proponen para evaluar todas las opiniones de estos padres son los hechos indisputables que forman su cosmovisión. Como diría Popeye, qué extraña coincidencia. Esto es porque ellos tienen la razón, maldita sea, igual que los católicos del siglo XIX. E, increíblemente, no pueden ver que esto es lo que están haciendo.

“Los sacerdotes incas no pueden ser culpados por su ignorancia; y quizás podría pensarse que es muy duro decir que eran estúpidos y engreídos. Pero ellos pueden ser culpados por imponer sus propias creencias a una niña demasiado joven para decidir adorar al sol o no” (p. 244).

Pero la creencia cristiana es que los sacerdotes incas deberían ser culpados por su ignorancia, porque estaban deteniendo la verdad sobre Dios en su injusticia y adoraban una mentira. La manera de tratar con esto es predicándoles el evangelio, llamándolos a arrepentirse y abandonar sus ídolos. Pero el enfoque de Dawkins es impresionante. Su proposición, si queremos dignificarlo con tal nombre, es requerir a todos los padres del mundo – cristianos, musulmanes, judíos, budistas, y así – a criar a sus hijos en la manera que Dawkins lo haría, y después, cuando tengan dieciocho años (o cuanto sea), pueden ser de cualquier religión que quieran, siempre y cuando no sea una religión que tenga nada parecido al bautismo de infantes.

“¿Adorable? ¿Entibiador del corazón? No. No lo es. No es ninguna de esas dos cosas. ¿Cómo podría cualquier persona decente pensar que es correcto etiquetar a niños de cuatro años de edad con las opiniones cósmicas  y teológicas de sus padres?”(p. 252).

La implicación aquí es que los niños son todos pupilos del estado, que ha de ser secular. Tus niños no son tuyos. Esto es más que la separación de iglesia y estado; es la separación de iglesia y niños. No es una separación de estado y niños.

“Por favor; eleven sus conciencias sobre esto, y disgústense cada vez que escuchen que esto sucede. Un niño no es cristiano ni un niño es musulmán, sino un niño de padres cristianos o un niño de padres  musulmanes” (p. 254).

No, gracias. No lo voy a hacer. Dije hace un momento que Dawkins no ve que está demandando que todas las cosmovisiones defieran de la suya. Porque él tiene la razón, y porque todos los demás están equivocados, los niños han de ser quitados de las familias (o no) en base a sus principios. No tolerará ninguna disputa o discusión sobre esto. La cosmovisión científica tiene la razón, y la evolución es lo verdadero, y los niños han de ser quitados de las familias donde el pensamiento-Dawkins no está adecuadamente enseñado. Una de las razones para hacer esto es porque Dawkins fue horrorizado por un ejemplo del siglo XIX en Italia en donde un niño fue quitado de una familia donde el pensamiento-católico no fue enseñado de manera adecuada. Honestamente, nunca he visto nada como esto en un libro que la gente se tomaba en serio. Y Dawkins imparte clases en Oxford.

Pero no le culpo a Dawkins por insistir que la ley ha de ser basada en la cosmovisión que él considera que es la correcta. ¿Qué otra cosa podríamos esperar? Pero no es ahí donde reside el problema. Toda ley es moralidad impuesta, y todo el que tiene moralidad cree que la ley debería ser basada en esa moralidad que es la correcta. Eso es lo que todos hacen, y es inevitable. Nadie quiere imponer una moralidad que cree que es una moralidad falsa y ciertamente inmoral.

El problema es que Dawkins no sabe que esto es lo que está haciendo. No es consciente del hecho de que está mirando al mundo a través de sus propias pupilas, y su cosmovisión, cargada de todo tipo de suposiciones radicales, es simplemente invisible para él. Lo que él ve es simplemente lo que “es”, y lo que otros creen es el resultado de supersticiones inexplicables. Y tenemos que sacar a los niños fuera de aquí.

Esto se presenta de otra manera en este capítulo. Dawkins ha oído hablar sobre un grupo de cristianos que quiere que las normas públicas reflejen lo que ellos creen que es correcto. Dawkins actúa como si nunca hubiese oído tal cosa. ¡Los ideadores! ¿Ellos?

“Si yo hubiese querido entrevistar a extremistas reales conforme a los  modernos  estándares  estadounidenses,  hubiera acudido a los  “Reconstruccionistas” cuya “Teología del Dominio” defiende abiertamente una teocracia cristiana en los Estados Unidos de América” (p. 238).

Un colega americano le escribe con gran entusiasmo:

“Los  europeos  necesitan  saber  que  existe  un  show teo-anormal  itinerante  … Si  los  secularistas  no están vigilantes,  los  Dominionistas  y  Reconstruccionistas  pronto  serán  la  mayoría  en  una verdadera teocracia estadounidense” (p. 238).

En primer lugar, juzgando a partir de la terminología usada aquí, la recolección de datos de Dawkins está atrasada unos veinte años. En segundo lugar, decir esto como si la partida conquistará mañana mismo si los secularistas no están vigilantes con V mayúscula es un ejercicio de hipérbole con H mayúscula. Pero no nos enrollemos con ese tipo de cosas, y señalar solamente que todas las culturas reflejan el cultus central. Todas las culturas son religiones encarnadas. Dawkins quiere que su religión sea la base para toda moralidad pública y ley. Bien por él. Nosotros también lo queremos. Él no cree en Jesús, y quiere a la incredulidad en un altar en la plaza pública. Nosotros creemos en Jesús, y queremos que Su Señorío sea reconocido en la plaza pública. Claro que hay algunas diferencias, basadas en las naturalezas diferentes de las cosmovisiones representadas. Por ejemplo, yo no quisiera que el estado cristiano secuestrara a los niños de las familias ateas, y él sí quiere que el estado secular secuestre a los niños cristianos de las familias cristianas. Pero aunque nuestras moralidades difieren, ambos queremos que estas moralidades formen la base de la cultura que nos rodea.

Dawkins firmemente rechaza reconocer la naturaleza situada de su propio conocimiento. Dado que niega al único Dios verdadero, el único que tiene conocimiento inmediato (no-mediado) de todas las cosas, Dawkins se ha ofrecido como voluntario para ocupar esa plaza libre él mismo. Él conocerá las cosas inmediatamente, y las conocerá sin corrupción. Y desde esa inmaculada lugar de ventaja, ordenará que nuestros niños se nos quiten, y sean criados de una forma antiséptica y científica. Que Dios nos libre.

———

Las citas del libro han sido tomadas de aquí.
El artículo de Douglas Wilson aparece en su página web, aquí.

Porque Ha Escrito Un Libro – Christopher Hitchens vs. Doug Wilson

26 de julio de 2012 1 comentario

Notas de Doug Wilson

En esta parte de nuestro debate del otoño de 2008, el recientemente fallecido Christopher Hitchens me pregunta por qué seguía diciendo cosas como “Dios quiere…” ¿Cómo se supone que yo podría saber algo como eso?

La raíz de la pregunta es sobre la epistemología. La epistemología es la rama de la filosofía que pregunta cómo podemos realmente conocer cosas. Y, corriendo nosotros con resolución en la rueda giratoria para ardillas a la que nos hemos subido, cuando finalmente respondemos a la pregunta de cómo conocemos las cosas, podemos ser preguntados de nuevo si estamos seguros de que sabemos eso.

Hay tres enfoques básicos a esta pregunta. Uno es llamado racionalismo, que afirma el conocimiento basado en la razón objetiva. El segundo es llamado empirismo, con todo el conocimiento derivado a partir de la experiencia. El tercero, abrazado por los cristianos, es una epistemología de la revelación: Conocemos lo que Dios quiere porque así lo ha intencionado al hablarnos.  Conocemos porque ha escrito un libro.

Ahora por supuesto que debería remarcarse que la fe en la revelación de Dios no excluye la razón o la experiencia – más bien crea un espacio apropiado para estas. Después de todo, cuando leo la Biblia, pienso y reflexiono sobre lo que he leído, usando la razón. No solo esto, sino que leyendo las Escrituras tengo la experiencia física de tener la Biblia en mis manos, y tengo los rayos de luz que rebotan de las páginas hacia mis ojos, que son experiencias. En todo esto, estoy presuponiendo (creyendo) que vivo en un universo cuyo Creador habla. Si él habla, yo no tengo que hacer que sea oído – él hace eso. Lo que yo tengo que hacer es quitarme los dedos de los oídos y parar de tararear el himno nacional.

Desde luego, un no creyente con talento (como Hitchens) va a intentar empujar todo esto un paso más atrás. ¿Cómo sabes que Dios escribió un libro? Y la respuesta es que… bueno, lo he leído. Por supuesto, esta respuesta bien puede recordarle a Hitchens de aquella vez en la que Mark Twain fue preguntado si creía en el bautismo de los niños. Contestó algo parecido a esto: “¿Creer en ello, señor? ¡Lo he visto con mis propios ojos!”

En este extracto, le mencioné a Hitchens que todas las criaturas finitas piensan axiomáticamente. Todos tenemos un punto de partida, y ese punto de partida no es nuestro destino. No razonamos hacia nuestros axiomas; razonamos a partir de ellos. Son la tierra bajo nuestros pies. Son nuestras presuposiciones fundamentales, nuestras presuposiciones de partida. Menciono el más básico en este segmento cuando me referí al libro de Francis Schaeffer Él está allí y no está callado (He Is There and He Is not Silent, n.tr.). Dios no es el mimo supremo.

Dios ha hablado, primeramente, en el orden creado. Los cielos declaran la majestuosidad de Dios. Ha hablado, en segundo lugar, a través de los apóstoles, profetas, visionarios y mártires. Tenemos sus relatos en las Escrituras, el único libro último e infalible del mundo. Y en último lugar, Dios nos ha hablado a través de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo.

Aquí es donde empiezo mi viaje. El principio de la sabiduría es el temor de Jehová (Prov. 1:7). Y temer a Jehová significa escucharle cuando habla.

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Enlace al artículo original: Because He Wrote A Book.

¿Según qué Criterio? – Christopher Hitchens vs. Doug Wilson

14 de julio de 2012 Deja un comentario






Notas de Doug Wilson:

Cuando hablamos de apologética, la pregunta “¿Según qué criterio?” es una pregunta realmente fundamental. La misma pregunta se da en disputas en muchos campos diferentes – es la misma cosa que preguntar “¿Quién lo dice?” Si afirmas que tengo que hacer algo, la pregunta debería ser, “¿Por qué tengo que hacer eso?” Es a estas alturas en la que la apologética presuposicional tiene un tiro limpio. Un buen lugar para estudiar esta visión de la apologética sería el libro de Greg Bahnsen Always Ready.

Durante nuestros tres días juntos filmando Collision, ésta ha sido una de las pocas veces que Christopher ha sido puesto contra la pared. Creo que ocurrió porque la pregunta fue una novedad para él, así que ha necesitado un momento para pensar sobre ello.

Cuando Christopher intenta responder a la pregunta “¿Según qué criterio?”, notad como introduce sutilmente la suposición que le estoy preguntando que demuestre. Dice que conoce ciertas realidades (morales) porque es un “primate superior”. Pero hay una palabra ahí que está cargada de valor – superior. ¿Superior según qué criterio? ¿Sobre qué estamos hablando?

Christopher preparó bien el siguiente cambio de palabras reconociendo que, como primates, tenemos un embrollo de instintos en conflicto. La respuesta que le ofrecí fue algo que aprendí la primera vez de C.S. Lewis. Si tengo dos instintos contradictorios y en competencia el uno con el otro, un enfoque evolutivo puede valer para cualquiera de estos instintos (pongamos como ejemplo la auto-preservación y la preservación de la manada). Pero el punto de vista evolutivo no puede justificar un tercer instinto que me diga cuál de los dos primeros instintos debería obedecer en este momento. No tengo un sentido “árbitro” que decida entre ellos.

Lo que sí tengo es una conciencia, que no puede ser justificada a parte de Dios. Christopher intenta ganar un “voto de conciencia” entre los estudiantes cuando hace la pregunta sobre el sufrimiento eterno. Pero no necesitamos un voto de conciencia. Necesitamos una justificación de por qué tenemos conciencias en primer lugar.

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Enlace al artículo original: By What Standard?